

Es conveniente recordar esto ahora que llegan las reuniones familiares. Nuestras cenas de Navidad deberían ser más narrativas que discursivas. Más parecidas a una maratón de pelis de sobremesa que a un empacho de programas de tertulia política en tele generalista. Más novela y menos twitter, para entendernos. Cuando a un familiar le de por hablar de unidad ante el enemigo al margen de izquierda y derecha, o por quejarse de no poder hacer un chiste de tetas ni en su santa casa, solo cabe preguntarle por cuando quemó aquella papelera en su colegio o se tiró un pedo en la iglesia o se fugó a Madeira con aquella pareja o se enclaustró en un monasterio cistercense un semestre. Incluso una mala vida es interesante; una mala opinión solo es, cito a Los Punsetes y a George Eliot, una opinión de mierda (sobre todo cuando nadie la pide).