A quién no le puede a veces el vértigo, quién no necesita de pronto parar un poco y echarse a un lado, mirar atrás, hacer recuento. Incluso un hombre tan arrojado, tan lanzado al río que nos lleva como Rubén Lardín, se para de vez en cuando a juntar y ordenar sus papeles, a conformarlos y expurgarlos, y retoca y suelda lo que haya que soldar o retocar, y agavilla finalmente hermosos haces que da a sus editores con la misma generosidad con que los editores se dan a él. Son ocasiones felices, mucho, pues hablamos del mejor escritor de nuestra generación, por lo menos, y también de un autor cuya obra se ha ido haciendo de manera muy fragmentaria y perdidiza, ahormada mayormente al pulso y medida del texto breve —artículo, reseña, post— que se quiere único y total y es, acaba siendo, espejo o eco, compendio y resumen de todos los demás, a los que se añade y replica y con los que va elevándose como se eleva una duna o un parapeto, un faro o una muralla china. La summa es, va siendo, una precipitación fecunda, numerosa, de partículas desperdigadas y elementales que se reagrupan en libros como este, más otras muchas que el lector puede rastrear y rejuntar como las piezas de ese mecano al que siempre le faltará algún gozne, algún sillar, ay. Un juguete, un juego, que cada vez nos dará una forma distinta pero igual, igual pero distinta…

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19/02/2025
El cuaderno digital