

Sería deshonesto no empezar esta historia contando que ya había hecho magia anteriormente: cuando era adolescente me fui con una amiga a un parque –en las recomendaciones del hechizo advertían que su potencia aumentaría al aire libre– a meter diversas cosas olorosas en un frasco de cristal. Todo es algo difuso en mi cabeza, no recuerdo lugar exacto, ni la edad que teníamos ni si hacía frío o calor, pero lo que es seguro es que se trataba de un conjuro de amor porque también metimos en ese potingue una foto de un chico. Al haber puesto alcohol en la mezcla, su cara quedó totalmente desfigurada a los pocos días.