

A veces resulta del todo pertinente que una se ponga un poco bruta y se disponga a trazar, así a lo loco, líneas de sentido que unan distintos puntos encarnados en el tiempo y el espacio. En esas ocasiones, la Historia, tan concreta y tan etérea al mismo tiempo, nos permite trazar genealogías insólitas que, con el tiempo, se nos acaban revelando como obvias y necesarias.
Como en tantas otras ocasiones, la ficción, en su eterno forcejeo con la realidad, viene a darle (a quien las quiera o las necesite) una serie de herramientas para trastear con el sentido oficial de las cosas en general, y de la Historia, en particular. Es frecuente que el trabajo en torno a este trastear con el sentido oficial de las cosas cobre una dimensión generacional que, aunque es frecuentemente explotada y en buena medida fagocitada por las distintas facetas de la industria cultural, funciona como una ventanita medio abierta que permite ventilar los discursos culturales y, si tenemos mucha suerte, también la imaginación política.
No es difícil pensar en propuestas sugerentes que, desde esta perspectiva, han aparecido últimamente en nuestro campo cultural. Pensemos, en concreto, en las relecturas de momentos históricos determinados que, saltándose buena parte de los códigos y de las costumbres…