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Juncal

Juncal

El realismo de Armiñán no es fotográfico, porque no comunica una imagen inerte, sino dinámica. Es —nada sorprendente en este autor dos veces nominado para el Oscar— un realismo cinematográfico, un realismo vivo, en movimiento.

—Fernando Fernán Gómez

¡El mundo entero esta rendido a ese arte que usted no cata! ¡Rendido a sus pies, para que lo sepa usted! Le voy a decir una cosa, para que se pasme: todo gira en el mundo alrededor de los toros. Los músicos existen pa inventar pasodobles. Los poetas, pa cantar a los toreros. Los médicos, pa curar a los toreros. Los arquitectos, pa construir plazas de toros. Los pintores, pa pintar toreros. Y las mujeres, pa querer a los toreros.

—José Álvarez Juncal

Juncal pudo haber sido el torero más importante de su tiempo, pero una cornada lo ascendió a otro estatus, el del último gran pícaro de la tradición literaria española. A finales de 1988, poco después de terminar el rodaje de la serie de televisión homónima —probablemente una de las más celebradas y recordadas de nuestra historia audiovisual—, Jaime de Armiñán emprendió la escritura de este libro, retrato novelado y prolijo de un «sinvergüenza» inmortal, consciente de que lo que le había quedado en el tintero debía encontrar su cauce y de que este no era otro que la palabra. Escritor veterano, tanto como cineasta, Armiñán pudo saldar de esta forma la cuenta pendiente con un universo que le acompañó toda su vida y escribir una carta de amor a sus gentes, hijos de Epicuro, sobrinos de Séneca y víctimas de Sófocles y Esquilo, amor a un lenguaje y un paisaje que se resisten aún a desaparecer de nuestra memoria, precisamente gracias a pedazos de arte como este. Como diría Juncal: «Com moita cebola!». Y aún más: «¡En el mundo!».

Junio de 2018
Cartoné con efecto cerámico
14.3 x 20 cm. 384 págs.
978-84-16167-84-5
23 €

Dónde se escribió "Las niñas prodigio"

Dónde se escribió "Las niñas prodigio"

"Viví en esta casa cerca de un año.

"Escribí mi libro en esta casa.

"No tenía agua corriente. Me lavaba en los días de sol, en un grifo que había fuera de la casa, o calentando una olla de agua en la chimenea. Para llegar al váter, custodiado por un sapo enorme, había que caminar un poco.

"En un agujero sobre mi cama vivía una salamanquesa con doble cola, como una sirena.

"En la cocina había un ratón que se bebía mis restos del café y después pasaba la noche de subidón, corriendo por las estanterías.

"La instalación eléctrica la hizo un niño de 12 años. Como la casa llevaba un tiempo deshabitada, tuve que volver a empalmar los cables, meterlos en un tubo y cavar una zanja para llevarlos hasta casa del vecino y pinchar su luz.

"Cada vez que llovía, los jabalíes removían la tierra fresca y sacaban mis cables. A veces vivía sin luz durante largos días de lluvia, hasta que escampaba y podía rehacer todo el apaño.

"Alguna vez, desesperada, volví a enterrar los cables cavando bajo la lluvia, como en una peli de Ken Loach. Cavando y llorando de impotencia al mismo tiempo.

"También alguna vez partí leña llorando. ¿De dónde sacas la energía para no morir de frío cuando llevas semanas sin hablar con nadie, intentando escribir sin conseguirlo?

"A mi casa no se podía llegar en coche. Para alcanzar la carretera había que subir media hora por un camino de cabras, caminar junto a una acequia, gritar RUCA RUCA MARRANO para espantar a los jabalíes. Una vez arriba, había que hacer autostop para llegar al pueblo.

"Un día me recogió en su coche un chico alemán que tocaba la guitarra. Tenía una canción que se llamaba WUNDERKIND. Cuando le pregunté qué significaba, me dijo que eran "los niños que hacen cosas importantes de pequeños, que son actores o bailan muy bien". No le dije que estaba escribiendo un libro que se llamaba "Las niñas prodigio" porque no estaba segura de si estaba escribiendo un libro.

"Viví en esta casa cerca de un año.

"Escribí mi libro en esta casa. Se me ve ahí, en la ventana".

 

Sabina Urraca

25.05.2015

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